CRITIQUES

Observations

Sharon Lorenzo

 

With the same alacrity that his knees grip the saddle of his polo pony, Jimmy Giebeler grips his paint brushes with determination and that innate drive to create with willful abandon.

 

Born in Germany, educated in France, his residence for the past twenty years in Mexico makes him a hybrid like many of his Latin American peers who pursue the painterly life from origin to destination. The tradition of modern art is embraced in his work that combines the detailed observations of photography with the interpretive stylization of the perspective that only the landscape tradition of the past can render.

 

Vivid color and imagination flood his works with energy, discipline and willful compositions. From a stormy landscape in Brittany to a tranquil swam in Mexico, his breadth of depth of experience shines through these thoughtfully executed works.


Jimmy is not a Sunday painter. He is a master and disciplined specialist. Those who are fortunate to know and own his work can count themselves amongst the lucky ones who have seen the determination of his eye and the discipline of his masterful hand.

Desde la profundidad de la paleta

Diego de Ybarra

 

Al contemplar la colección de piezas de gran formato trabajadas por H.R. Giebeler, no podemos sino sentirnos movilizados por las vibraciones que nos provoca la experiencia dionisíaca.  Y es que al observar estas piezas nos convertimos también en partícipes del universo pictórico del artista. Y este universo pictórico, este mundo iconográfico tan sui géneris, está cargado de valores que se han venido enriqueciendo como sólo se enriquece de vivencias la carga histórica de un hombre que ha viajado con la capacidad de observar el detalle de las cosas.

 

Giebeler nos invita, con poderosa propuesta cromática, a embebernos de trascendencia, de profundidad y de infinitud.  En sus paisajes, la vista se pierde en la lejanía del panorama que nos remite a Velasco y a Landesio, pero que también tiene visos de los inefables atl-colores del viejo Murillo; las rosas de Giebeler, pintadas con la espesa presencia matérica de una pieza de Vlaminck, son a la vez una sutil referencia a la abyección; esas flores (tan recurrentes en el universo del artista), se yerguen como un homenaje a la belleza que esconde algo que es turbio; Giebeler, pintor que viaja y observa y que experimenta en las técnicas de otros tiempos, abreva sin duda en las escuelas vanguardistas de la Francia que brincaba al siglo veinte (desde el Fauvismo hasta el Puntillismo), y se detiene también para beber en la nostalgia de Utrillo, cuando retrata esos tristes árboles otoñales que nos llenan de melancolía.

 

Pero el artista franco-alemán, aunque al inicio así lo pareciera, no es sólo un viajero que se maravilla ante la naturaleza y que trasmite su azoro ante la inmensidad de lo que sigue siendo inescrutable, cuando pinta esas nubes que amenazan con tormenta, y esos alegres cielos de azules vivos que, paradójicamente, le quitan a uno la paz y el consuelo; el pintor se fija también en los seres de dos patas que se visten de distintas formas; se fija en los atuendos inverosímiles de diversos “tipos populares” (a la manera de los pintores viajeros del México decimonónico), y reproduce escenas improbables en las que muchos hombres, ataviados a su modo, conviven en espacios que sólo existen en el imaginario del pintor.

 

Así pues, Giebeler logra convertir los blancos lienzos en paisajes infinitos, en rosas imponentes, en tempestades que amenazan, en colosos dispuestos a la lucha en franca sintonía con el símil fáunico que corresponde. Todo ello, desde la profundidad de una paleta que no tiene miedo de mezclar colores que atiborrarán de matices nuestros ojos al verse convertidos en imágenes del propio universo pictórico al que el artista nos abre las puertas.  

Achromatic nature

Octavio Avendaño

La obra de Hans Giebeler es testimonio de la vulnerabilidad de la cultura, entendida ésta como una construcción natural y social que dan sentido a la humanidad. A través de la controlada gestualidad de los trazos y las manchas de color, construidas desde una economía abstracta, introducen al espectador a la vulnerabilidad depositada en los paisajes y personajes de las pinturas que están al acecho del peligro o de la supervivencia.

 

Nutrido del postimpresionismo y el surrealismo, Giebeler ubica la mirada en el centro de sus pinturas, sí como una condición de composición, pero más como un punto de encuentro con las intenciones del espectador ¿Qué es lo que nos espera al perdernos en sus paisajes? ¿Qué nos tienen que decir sus personajes? ¿Qué flor es la que nos corresponde?… ¿Somos cómplices? ¿Somos testigos?…,  y de qué.

 

La imagen exige siempre de nosotros un arte de funámbulo, como explica George Didi Huberman: enfrentar en el peligroso espacio de la implicación en el que nos movemos delicadamente mientras, a cada paso, nos arriesgamos a caer (en la creencia, en la identificación); permanecer en equilibrio teniendo como instrumento nuestro propio cuerpo auxiliado por el balancín de la explicación.

 

Ante la era de la imagen y su hiperconsumo cotidiano, será la poesía quien sublime a la imagen artística de la imagen comercial. Será la poesía quien detone la imaginación en el espectador. Algo bien sabido por Hans Giebeler que construye la imagen con la fuerza poética que irrumpe en el mundo de las imágenes para que el espectador se apropie, o mejor dicho, otorgue el valor de enunciación a cada pintura.

 

Más allá de las posibilidades narrativas de la obra de Giebeler, es en el color, ya sea monocromo o en la combinación de colores cálidos y fríos, en el que encontramos la fuerza de enunciación del artista. Crea atmósferas, más que de nostalgia, de pérdida. Porque la perdida es un valor moderno, como moderna es la pintura Giebeler, y no es que sea algo anacrónico a nuestra contemporaneidad, porque la poesía no posee tiempo, sólo es:

 

Se me va de los dedos la caricia sin causa,

se me va de los dedos... En el viento, al pasar,

la caricia que vaga sin destino ni objeto,

la caricia perdida ¿quién la recogerá?

 

Pude amar esta noche con piedad infinita,

pude amar al primero que acertara a llegar.

Nadie llega. Están solos los floridos senderos.

La caricia perdida, rodará... rodará...

 

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,

si estremece las ramas un dulce suspirar,

si te oprime los dedos una mano pequeña

que te toma y te deja, que te logra y se va.

 

Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,

si es el aire quien teje la ilusión de besar,

oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,

en el viento fundida, ¿me reconocerás?

 

Alfonsina Storni

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